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DESCREMADA, DESLACTOSADA Y DESMAQUILLADA


¡Que leche tengo para poder escribir lo que se me antoje!, lo único que debo tomar en consideración es su impacto en el medio ambiente para que una luz divina ilumine mis neuronas rebeldes y los temas vengan a mí sin contratiempo, porque para mí casi todo impacta en nuestro planeta, pues es lógico, cada quien mira su casa como un cristal que no quiere ver sucio, que nadie lo rompa y que se conserve así por siempre, porque una vez roto no hay pega loca que lo deje igual.

Cuando yo veo el cristal mojado, lo seco de inmediato, si muestra una mancha le paso un trapo hasta hacerla desaparecer, no me afinco en él para que no se caiga y quiebre, y miro constantemente mi reflejo ahí. Pues así debemos ver a nuestro planeta, como un reflejo de nosotros, ¿quién no quiere verse resplandeciente digno de ser habitado?

Pero no es precisamente del medio ambiente que quiero hablarles, aunque verán cómo se involucra este señor en todo el rollo que les traigo. Pues resulta que me llamó la atención el alto consumo de leche, al menos en Latinoamérica no nos puede faltar el cafecito con leche, el cereal con leche, la oreo con leche, el yogur… y pare de contar derivados que empleamos en nuestra dieta; pero como llega el producto a nuestras manos –me refiero al empaque- en bolsitas que si no sabemos manipular se pierde la mitad del líquido, pues me ha pasado, aunque se han inventado unas jarritas para portar las bolsas y unos clips para sellarlas, sigue siendo un enredo manipularlas; luego tenemos el empaque de cartón ultra mega poderoso que conserva la leche por siglos, tiene tapa y precinto de seguridad; y finalmente de la ubre a la jarra.

Resulta que esta ancestral costumbre de tomar leche de vaca recién ordeñada, al mejor estilo de Heidi en la pradera, se mantiene hoy, aunque les parezca arcaico, antihigiénico y desubicado en la era millennial; eso pensé yo cuando vi a aquel señor en pleno barrio de Bogotá, con su camión lleno de cabritas y los frascos a un lado, ordeñando a los animalitos cada vez que le pedían un litro de leche en plena calle. 

¿Que si lo critiqué? ¡Pues claro! Máxime cuando me encuentro en una metrópolis estratificada y llena de tantos prejuicios sociales, yo tenía que parecer una ciudadana prejuiciosa y comparar ese humilde negocio con otras latitudes menos favorecidas en la actualidad, pero jamás rebajada a pasear cabras por las calles ordeñándolas a plena luz del día. 

Pero después de la crítica vino la reflexión y la autocrítica por rebajar tan esmerada actividad comercial a mis juicios tontos. ¿A quién perjudicaba el lechero con su venta callejera? Obviamente hay una serie de normas de calidad que son exigidas a las pequeñas y grandes empresas para fabricar un producto alimenticio y comercializarlo, pues se pone el riesgo la salud y la vida de los consumidores, pero también me atrevo a afirmar que estas industrias generan una gran cantidad de desechos para obtener los envases adecuados que contendrán sus productos en óptimas condiciones de higiene y seguridad. 

Ya entendieron cómo se involucra el planeta en este cuento, pues ahora verán cómo podemos contribuir a disminuir los desechos que comúnmente arrojamos a los contenedores de basura por no tener otro uso más eficiente. 

Hace poco un creativo me contaba su idea de volver a las raíces el negocio de la leche en su ciudad, yo, muy atenta, le escuché porque pensé “¡¿Qué nueva leche ultra mega guau inventará?!” Pero estaba más que equivocada, no se trata de inventar el agua tibia, sino de hacerla accesible a todos en las condiciones más favorables para el medio ambiente.

"¿Y si se ordeña en la finca y esa leche se pone a la venta directamente a través de un dispensador que conserve sus propiedades nutricionales? No más envases. ¡Sí al refill! "

Imagínense que el señor del camión ordeña a sus cabritas en su finca y esa leche la envía a un genio creativo para que sea tratada como es debido y puesta a la venta directamente a través de un dispensador que conservará sus propiedades nutricionales, y usted consumidor acérrimo de leche solo tendrá que llevar su envase al almacén de la esquina para comprar el líquido con las infinitas posibilidades de hacer el famoso refill. ¿Que se arruinará la empresa lechera La Alpina? ¡No seamos ilusos! De lo que sí podemos estar seguros es de que este tipo de creatividad salvará de la ruina a nuestro planeta, menos plásticos y empaques, volvamos al refill, usted podrá seguir bebiendo leche de calidad, el productor local –piense en el señor de las cabritas en el camión- se verá beneficiado, y yo no derramaré más la leche de bolsita.



Nombre: Estefania Priego Martz
Ocupación: Licenciada en Periodismo y Medios de Comunicación
Correo: epriego91@gmail.com

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